Perros callejeros, sarnosos, pulgosos, roñosos.
Llevan fuego en los ojos, jadean desesperados por alguna perra alzada que pasó hace ya un rato, se escuchan peleas de trasfondo y con el lomo erizado se acercan acechantes, tan negros y salvajes.
Es natural tenerle miedo a esos colmillos, a esa mirada cargada de ira y el deseo masculino que se hace despreciable en ciertas ocasiones.
Noche fría y tenebrosa, nubes densas tienen de rehén a la Luna, pero se acercan los primeros rayos del sol y con ellos, una mínima paz que va más allá de la caótica ciudad y su despreciable y hermosa soledad nocturna.