Era finales del año 2034, hasta entonces ella llevaba solo año y medio trabajando como ayudante segunda en el laboratorio de investigación de proteínas. Le faltaba poco para recibirse y, como muchos otros estudiantes, estaba usando parte de la investigación en la que trabajaba para terminar la tesis.
Buscaba la manera de crear una cura cien por ciento eficaz para la diabetes, había visto que se podían generar proteínas artificialmente utilizando bacterias que contuvieran una pequeña porción de ADN que solo tuviera la información para generar esa proteína. Pero las bacterias y las células humanas funcionan de manera muy distinta en ese sentido y la insulina era más de lo que un simple procariota puede generar.
Una noche de Agosto que pasó desvelada, como tantas otras, buscando maneras viables de lograr que su tesis tuviera algún sentido fue la llave de su éxito, o tal vez la llave de su condena a cadena perpetua. Las terapias génicas llevaban tiempo expandiéndose en la medicina aunque sólo se utilizaban en aspectos inmunológicos y tratamientos con células madre. Pero aquella noche de viento frío y furioso cambió las cosas.
Había leído sobre la colaboración entre bacterias, sabía de sobra acerca de proteínas etiquetadas y receptores de membrana, y entonces se le ocurrió. Por supuesto que una bacteria común no puede generar insulina funcional, pero ¿Si le incluía enzimas artificiales que transportaran las preproteínas? Y etiquetas, podía etiquetarlas para que fueran a los Islotes de Langerhans y terminaran su formación ahí. Requería mucho trabajo, mucha investigación, y sobre todo, cooperación entre bacterias y células. La ingeniería genética era increíble.
Luego de dos años trabajando arduamente para dar con la cura a la diabetes, los últimos experimentos realizados en ratones y posteriormente en perros, le dieron la razón. Lo consiguió, pudo encontrar la forma en que unas cuantas bacteria cambien el comportamiento de una multitud de células humanas.
Corría el verano de 2036, habían organizado una fiesta por el descubrimiento, faltaba mucho para que pudiera ser aplicable en humanos, pero la euforia era incontenible por parte de todos los investigadores con los que había trabajado. Aquella noche era cálida y llena de felicidad, podía saborear el éxito y el reconocimiento por su labor, aunque el segundo nunca fue algo que le interesara realmente. Su único rival era ella misma, ser mejor que ella era ser la mejor.
Se apartó de la multitud que brindaba y reían a carcajadas de chistes que sólo en 3% de la población mundial podía entender. Habían reservado un bar-boliche a la vera del río, tenía dos pistas de baile no muy bien definidas y tres barras que ofrecían tragos comunes y corrientes, aunque también se podían pedir bebidas blancas, optó por una medida.
Se acercó a las aguas oscuras bañadas en luz de luna y tubos fluorescentes sosteniendo perezosamente su vaso de vidrio con aproximadamente 50 ml de ron dorado. Del lado del río había un balconado no muy grande, con piso de madera y barandas de acero pulido con hojas de vidrio decoradas. Había unos sillones negros de cuero sintético que pedían a gritos un relevo tras las inclemencias de vivir a la intemperie y unas pequeñas mesas que eran más para hacerle compañía a los sillones que para ser utilizadas.
Cruzó los brazos sobre la baranda fría de metal y miró a lo lejos las luces casi invisibles de los barcos que iban camino a Uruguay o que salían hacia el puerto de Buenos Aires.
Estaba ya absorta en sus pensamientos sobre la finidad humana y la infinidad de la vida cuando un hombre se acercó a la baranda a unos escasos dos metros de ella.
- Deberías ir adentro con el resto, sos la que más merece el festejo. Dijo con una voz que le resultaba un tanto chistosa.
- Estoy bien acá, necesito un poco de espacio. Nunca fui muy dada para los eventos sociales, ¿Sabes? La verdad es que no me entusiasman los tumultos de gente, ni reírme de cosas que no me causan gracia solo para no parecer mala onda.
- Bueno, pero de verdad sería mejor que vayas adentro cuanto antes. No es bueno que estés sola. -Este comentario le dio escalofríos, o tal vez solo fuera el viento cargado de agua que soplaba entre las pequeñas olas y le inflaba el pelo como una bola lanuda. Como fuera, en un segundo olvidó la electricidad corriendo por la nuca y su orgullo femenino le calentó la sangre.
-Mirá, no sé quién sos, pero en mi familia jamás hubo una mujer que no supiera defenderse sola. ¿O te pensas que- Giro la cabeza para mirar a su oponente a los ojos al espetar las últimas palabras filosas de su defensa, pero para su sorpresa, ya no estaba. Estuvo maldiciendo un rato más hacia sus adentros antes de decidir que no le interesaba nada más de esa fiesta. Aprontó el último trago de ron y se dirigió a la salida sin saludar a nadie ni dar explicaciones.
Una vez en su casa, el alcohol y la relajación tras el éxito le dieron el toque final, cayo tendida en la cama, vestida y pintada como antes de salir, sin siquiera sacarse los zapatos. Si hubiera sabido lo que vendría después seguramente hubiese aprovechado mucho mejor aquella última noche de paz, seguramente no se hubiera vencido ante el sueño y hubiese corrido contra el tiempo para evitar ese frustrante destino que vino después.
13 de Enero de 2036, la última noche de su vida.
jueves, 25 de junio de 2015
jueves, 4 de junio de 2015
Ni en mi misma.
Entonces, unas pocas palabras titilantes en la pantalla de la computadora te hielan la sangre. Un par de frases te desnudan hasta la vergüenza en su estado más puro, te sentís ultrajada, violada, manoseada y esas palabras no son obsenas, tampoco amenazantes, son nada más ni nada menos que tu secreto mejor guardado. Del que nadie sabía, el que a nadie le confiaste, salvo a esas personas que por fuerza mayor tuvieron que saberlo y bajo un convenio de silencio total.
En un segundo perdés la poca fe que te quedaba hacia la gente. La poca confianza que tenías con tus allegados más cercanos, o peor aún, perdés toda la confianza que sos capaz de dar por el resto de tu vida.
Eso mismo siento ahora, después de leer esas palabras, tan pocas, tan indirectas y tan significativas, siento que nunca me tendría que haber permitido confiar, en nadie, nunca.
Nunca.
En un segundo perdés la poca fe que te quedaba hacia la gente. La poca confianza que tenías con tus allegados más cercanos, o peor aún, perdés toda la confianza que sos capaz de dar por el resto de tu vida.
Eso mismo siento ahora, después de leer esas palabras, tan pocas, tan indirectas y tan significativas, siento que nunca me tendría que haber permitido confiar, en nadie, nunca.
Nunca.
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