En un verano lejano, cuando la vida todavía era casi perfecta en una realidad ignorante, hubo una mañana en la que mirando el cielo azul y despejado y sintiendo fervientes los rayos de sol en la cara, me di permiso para soñar.
Soñé anhelos. Quise tener un monedero con forma de osito de peluche, quise tener una amiga en el barrio con quien salir a jugar en las calurosas tardes que regalaba enero. Quise cocinar por el resto de mi vida, ser chef y que mi restaurante se llame “El Zorro Blanco”. Quise también tener la vida de los demás, tener un perrito lanudo, ver renacer a una mariposa de su capullo.
Soñé muchas cosas que nunca cumplí, que se desvanecieron en el tiempo como un eco en la lejanía.
Pero hay un sueño, tan solo uno, que no se quiere ir, que se hace más fuerte día a día…
Siempre soñé con ir de la mano en el otoño, que un beso tierno haga latir fuerte mi corazón, que haya una sola persona que sepa qué decir o cómo mirarme para hacerme bien. Soñaré con él hasta el día en que lo encuentre. Él , que deberá conocer mis fortalezas y debilidades, mis pro y mis contras. Tan sólo él, que me haga amarlo.
Los sueños inconclusos se transforman en utopías y la pura realidad es que la perfección asusta.
El miedo me cegará y ya no me atrevo a soñar, si lo encontré y lo perdí, fue culpa mía, esto no puede continuar y es mi deber matar a ese sueño que perdió su esencia y ya no es más que una meta que no me corresponde concretar.
Tranquila camino por la calle mirando a mí alrededor sin observar.
Tranquilos transcurren los días y mi cabeza no para de pensar.
Nunca fui paciente, pero a él lo esperaría hasta la eternidad o incluso después.
Anhelos malvados que me hacen soñar cosas inauditas, es momento de enterrarlos una vez más. Sé que renacerán con el próximo sol de verano y con una brisa helada que choque con imprudencia contra mí, pero esta noche dormiré tranquila sabiendo que cumplí con mi deber aunque sea un día más.
