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jueves, 25 de junio de 2015

Acontecimientos.

Era finales del año 2034, hasta entonces ella llevaba solo año y medio trabajando como ayudante segunda en el laboratorio de investigación de proteínas. Le faltaba poco para recibirse y, como muchos otros estudiantes, estaba usando parte de la investigación en la que trabajaba para terminar la tesis.
Buscaba la manera de crear una cura cien por ciento eficaz para la diabetes, había visto que se podían generar proteínas artificialmente utilizando bacterias que contuvieran una pequeña porción de ADN que solo tuviera la información para generar esa proteína. Pero las bacterias y las células humanas funcionan de manera muy distinta en ese sentido y la insulina era más de lo que un simple procariota puede generar.
Una noche de Agosto que pasó desvelada, como tantas otras, buscando maneras viables de lograr que su tesis tuviera algún sentido fue la llave de su éxito, o tal vez la llave de su condena a cadena perpetua. Las terapias génicas llevaban tiempo expandiéndose en la medicina aunque sólo se utilizaban en aspectos inmunológicos y tratamientos con células madre. Pero aquella noche de viento frío y furioso cambió las cosas.
Había leído sobre la colaboración entre bacterias, sabía de sobra acerca de proteínas etiquetadas y receptores de membrana, y entonces se le ocurrió. Por supuesto que una bacteria común no puede generar insulina funcional, pero ¿Si le incluía enzimas artificiales que transportaran las preproteínas? Y etiquetas, podía etiquetarlas para que fueran a los Islotes de Langerhans y terminaran su formación ahí. Requería mucho trabajo, mucha investigación, y sobre todo, cooperación entre bacterias y células. La ingeniería genética era increíble.
Luego de dos años trabajando arduamente para dar con la cura a la diabetes, los últimos experimentos realizados en ratones y posteriormente en perros, le dieron la razón. Lo consiguió, pudo encontrar la forma en que unas cuantas bacteria cambien el comportamiento de una multitud de células humanas.

Corría el verano de 2036, habían organizado una fiesta por el descubrimiento, faltaba mucho para que pudiera ser aplicable en humanos, pero la euforia era incontenible por parte de todos los investigadores con los que había trabajado. Aquella noche era cálida y llena de felicidad, podía saborear el éxito y el reconocimiento por su labor, aunque el segundo nunca fue algo que le interesara realmente. Su único rival era ella misma, ser mejor que ella era ser la mejor.

Se apartó de la multitud que brindaba y reían a carcajadas de chistes que sólo en 3% de la población mundial podía entender. Habían reservado un bar-boliche a la vera del río, tenía dos pistas de baile no muy bien definidas y tres barras que ofrecían tragos comunes y corrientes, aunque también se podían pedir bebidas blancas, optó por una medida.
Se acercó a las aguas oscuras bañadas en luz de luna y tubos fluorescentes sosteniendo perezosamente su vaso de vidrio con aproximadamente 50 ml de ron dorado. Del lado del río había un balconado no muy grande, con piso de madera y barandas de acero pulido con hojas de vidrio decoradas. Había unos sillones negros de cuero sintético que pedían a gritos un relevo tras las inclemencias de vivir a la intemperie y unas pequeñas mesas que eran más para hacerle compañía a los sillones que para ser utilizadas.
Cruzó los brazos sobre la baranda fría de metal y miró a lo lejos las luces casi invisibles de los barcos que iban camino a Uruguay o que salían hacia el puerto de Buenos Aires.
Estaba ya absorta en sus pensamientos sobre la finidad humana y la infinidad de la vida cuando un hombre se acercó a la baranda a unos escasos dos metros de ella.

- Deberías ir adentro con el resto, sos la que más merece el festejo. Dijo con una voz que le resultaba un tanto chistosa.

- Estoy bien acá, necesito un poco de espacio. Nunca fui muy dada para los eventos sociales, ¿Sabes? La verdad es que no me entusiasman los tumultos de gente, ni reírme de cosas que no me causan gracia solo para no parecer mala onda.

- Bueno, pero de verdad sería mejor que vayas adentro cuanto antes. No es bueno que estés sola. -Este comentario le dio escalofríos, o tal vez solo fuera el viento cargado de agua que soplaba entre las pequeñas olas y le inflaba el pelo como una bola lanuda. Como fuera, en un segundo olvidó la electricidad corriendo por la nuca y su orgullo femenino le calentó la sangre.

-Mirá, no sé quién sos, pero en mi familia jamás hubo una mujer que no supiera defenderse sola. ¿O te pensas que- Giro la cabeza para mirar a su oponente a los ojos al espetar las últimas palabras filosas de su defensa, pero para su sorpresa, ya no estaba. Estuvo maldiciendo un rato más hacia sus adentros antes de decidir que no le interesaba nada más de esa fiesta. Aprontó el último trago de ron y se dirigió a la salida sin saludar a nadie ni dar explicaciones.

Una vez en su casa, el alcohol y la relajación tras el éxito le dieron el toque final, cayo tendida en la cama, vestida y pintada como antes de salir, sin siquiera sacarse los zapatos. Si hubiera sabido lo que vendría después seguramente hubiese aprovechado mucho mejor aquella última noche de paz, seguramente no se hubiera vencido ante el sueño y hubiese corrido contra el tiempo para evitar ese frustrante destino que vino después.

13 de Enero de 2036, la última noche de su vida.

jueves, 5 de febrero de 2015

Hoja en blanco.

La enferma entró a su habitación cerca de las 20 hs para darle la cena, por supuesto que era una pequeña ración de comida de aspecto desagradable, sabor insípido y dudoso valor nutricional. Más bien parecía un intento desafortunado de alimento enriquecedor, acotado al decreciente presupuesto del hospital público en el que se encontraba.
La señora, ya entrada en años, llevaba un ambo rosa, decolorado por los años de lavado. Le habló en voz baja y poco amable en un principio y ante su reticencia a abrir los ojos elevó su tono unos pocos desibeles. Siempre había sido bueno para aparentar y al parecer la enfermera no supo distinguir una somnolencia real de la ficticia que él practicaba.
- Coma la cena, los enfermos tienen que comer.
- ¿Quién dice que estoy enfermo?
- ¿Porqué estaría usted en un hospital si no lo estuviera? A veces los pacientes son más tontos de lo que parecen.
Levantó un poco la cama eléctrica con el control que estaba colgado en la pared y le acercó la mesita con ruedas al pecho.
- Coma, el doctor no le dará el alta hasta dentro de una semana, cuando haya terminado todos los estudios para saber exactamente qué droga estaba consumiendo cuando se pasó de dosis. Debería plantearse entrar en alguna granja de rehabilitación si no quiere terminar muerto entre bolsas de basura en vez de inconciente.
La falta de respuesta generó una expresión de indignación en la enfermera, quien sólo acotó unas pocas palabras a esa charla sin sentido: -  Mire, no se quién es usted, ni qué ha hecho con su vida, pero Dios se ha puesto de su lado y le dio una segunda oportunidad, no la desperdicie.
Sus ojos miraban la nada mientras procesaba las palabras que, aunque obviamente no le importaban, estaba obligado a escuchar. Dudó que haya sido ese tal Dios quién le dio una segunda oportunidad, pero la tenía y, claramente, no era para enderezar su vida sino para terminar su trabajo. Si ella seguía viva, todavía tenía una oportunidad de matarla y cobrar su parte. Una oportunidad de verla de nuevo y de recriminarle el mal trago de dejarle encasillado en una cama de hospital -lugar que ella sabía muy bien que él odiaba-. Habían pasado dos días desde que despertó y ya no podía derrochar más tiempo en ese asqueroso lugar.
Fingiendo dormir en la última ronda de control de las enfermeras, había aprovechado las madrugadas para realizar algunos escuetos ejercicios que le devolvieran algo de fortaleza a su cuerpo. Esa noche, la tercera, sería la última. Ya no podía esperar, era 14 de Septiembre, le quedaban cuatro días, solo cuatro días para preparar todo.
Definitivamente esa sería su última noche, no, más bien, sería la primera.
El inicio de su última misión.

viernes, 14 de marzo de 2014

Una señal.

-Dr. Rafert, se lo solicita en sala de operaciones. Dr. Rafert, se lo solicita en sala de operaciones.

Un haz de luz se escabulló por la mínima separación que había entre los trozos de tela que suponen ser cortinas. Tal vez eso lo despertó, tal vez el sueño que lo estaba haciendo sudar tuvo un final abrupto.
Abrió los ojos y unos tubos flourecentes blancos lo hicieron lagrimear. Techo blanco, paredes grisaseas. Un televisor, con desmesuradas antenas que le dan aspecto de cucaracha, descansa colgado y en silencio en el rincón de la habitación.
Manta celeste, cama alta, monitores, cables... Suero.

-La puta madre, ¿Qué hago en un hospital?

La respuesta no se hizo esperar, el Dr. Flith abrió la puerta despreocupado y hubo un asomo de sorpresa en su expresión cuando vio a su paciente despierto.

-Hola, soy el Dr. Flith, ¿Sabe qué día es hoy?
-¿Martes? -Miraba al rededor tratando de sacar algún dato útil de ese lugar tan despojado.-
-No, es domingo. ¿Sabe la fecha del día de hoy?
-No tengo la menor idea. -Las preguntas estúpidas le daban tiempo para autoevaluarse.- Piernas: Responden; Brazos: Responden; Manos: Responden, débiles; Las piernas seguramente estén débiles también, no podría correr muy lejos si trato de escapar ahora.-
-¿Cuál es su nombre?
-¿Mi nombre? ¿Para qué lo quiere? Mi familia no vendrá ni se hará cargo de mis gastos, a decir verdad, no hay nadie que vendría por mi en esta situación.

-Bueno, se equivoca Sr. X, precisamente ayer llegó una flor para usted... Es verdad que ni siquiera fue un ramo pequeño, sino una única flor, pero por lo menos tenía una nota.
-¿Una nota? ¿Dónde está?
-Al lado del agua.

Si no me equivoco deben haber pasado unos tres meses, necesito tu ayuda. 18 de Septiembre. Hotel Sheraton Puerto Madero, cena de gala.

-¡Mierda!-

-¿Qué fecha es hoy, Doctor?
-Domingo 12 de Septiembre.
-Gracias. Estoy muy cansado, necesito dormir.
-De acuerdo, Sr. X. Lo último, antes de retirarme, ¿Podría decirme su nombre si es tan amable? Una sonrisa de cortesía se desplegó en el joven rostro del médico.
-No soy amable, pero mi nombre es Jack.
-¿Cómo Jack Nicholson?.
-No, como Jack El Destripador.
Apague la luz al salir, por favor.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cabos sueltos.

Entró sin hacer el mínimo ruido, lo único que escuchó fue el "Clack clack" del arma al gatillarse.
- Hm, ¿No te contaron lo que pasó con los tres que vinieron antes que vos, no? Imagino que si te hubiesen dicho no estarías acá.
Sabía que la estaban buscando hace tiempo, pero ya se había acostumbrado a esa sensación de tener la muerte cerca, por lo que podía mantener bastante bien el tono de voz aunque le sudaran un poco las manos.
- No me importa lo que les haya pasado, me mandaron a buscarte y te encontré. Termino con esto y tengo lo que necesito.
Ese sonido, esa tonada, sin dudas era su voz. Un poco más ronca que la última vez que la escuchó pero con el mismo fervor de siempre. No pudo contener una leve risa entre nerviosa y emocionada. Seguía dandole la espalda, casi inmóvil en su lugar.
- No lo puedo creer, cuántos años sin saber nada de vos y vengo a encontrarte en esta situación tan... Incómoda. ¿Sabías acaso que era yo tu objetivo o no te dijeron mi nombre tampoco, Bicho?
Ni siquiera hizo falta que se girara para verlo, podía sentir la expresión de terror en su cara, esa misma que tenés en el instante antes de despertar de una pesadilla y que, ciertamente, mantenés unos minutos después de haber despertado y comprobar que estás en el mundo real.
Nadie lo llamaba así, sólo hubo una chica que lo apodó caprichosamente "Bicho", nada más y nada menos que por ser un bicho de ciudad. Un temblor sordo se apoderó de la mano que sostenía el arma y debilitó un poco la confidencia y el profesionalismo con el que había llegado hasta su laboratorio del octavo piso.
Giró, lento, esperando a que se acostumbre de a poco a ese rostro solemne que no había cambiado prácticamente nada en más de diez años. Él la miró fijo, vio sus ojos verdosos, decididos. La cicatriz en su mejilla fue todo lo que necesitó para terminar de creerle.
Esa cicatriz, que años atrás supo acariciar suavemente al tiempo que le preguntaba con ternura cómo había aparecido.
- ¿En qué carajo te metiste? ¿Porqué te quieren matar? -Le preguntó un poco atropellado-
- Hay gente que quiere hacerle un bien a este mundo, y hay que gente que el bien del mundo le resulta poco redituable. Por eso no me quieren, mi trabajo les molesta, la plata no me importa, los sobornos no me mueven, no les queda otra salida más que eliminarme por completo. Pero no es tan fácil. Ya mandaron tres, uno murió, dos siguen en el hospital y ahí se van a quedar como las plantas que son.
No quiero presumir, pero bajo este cuerpo aparentemente débil hay años de practicas de pelea, callejera y de club, pero el fin es el mismo, mantenerse con vida. Eso es lo que tenemos que definir hoy, Bicho. Uno de los dos va a morir, ahora o después.
Deben haberte buscado durante mucho tiempo, saben que es más difícil para mi causarle daño a una persona que alguna vez amé, pero a esta altura el tiempo se me escapa y es inútil dormir en el recuerdo de lo que nunca fue. Perdón, pero no puedo ponerme sentimental ahora.
- Yo... Me dieron este trabajo y lo voy a terminar. - De todas formas y contrario a sus palabras, su dedo siguió tenso sobre el gatillo pero sin moverse-
- ¿En qué momento te convertiste en un sicario? De todas las cosas horribles que alguna vez imaginé durmiendo en tu cabeza, nunca pensé que tuvieras eso que se necesita para matar a alguien.
- ¿A mi me decís? Vos mataste a un tipo y dejaste inútilmente "muertos" a dos. Vos, que ni siquiera querías matar a los mosquitos cuando te estaban picando.
- Ya te lo dije antes, lo importante es mantenerse con vida. Los años de sufrimiento explícito te van enfriando la sangre. No es culpa mía, es culpa de los que quieren matarme, me empujaron a sacar el monstruo que vivió siempre dentro mío. Algo parecido Dr. Jekyll y Mr. Hyde pero sin brebajes raros.
Bajo la mirada para decir unas últimas palabras, el tono de su voz casi cariñoso cambió a uno más frío y oscuro.
- Perdón, pero mi trabajo es más importante que todo lo demás. Admito que tarde un poco más en decidirme pero aunque aprietes el gatillo y la bala de en el blanco, vas a estar muerto antes de llegar a la escalera de servicio.
Levantó la vista de un golpe y esos mismos ojos que antes lo habían cautivado, lo clavaron como estacas en el piso, haciendole estremecer, sudar frío.
Ira y placer, no pudo evitar pensar que más que pasar días enteros entre microscopios y placas de Petri con muestras biológicas, lo que ella disfrutaba realmente era tener una vida ajena a su disposición, para acabarla cuando quisiera.
Empezó a temblar, aunque no fuera exactamente por el miedo o la adrenalina del momento, era algo más, algo mucho peor. Miró el piso color marfil para asegurarse de que su cuerpo estaba todavía ahí. La miró y esa media sonrisa macabra que lucía en sus labios naturalmente rojos empezó a desfigurarse, se multiplicaba, borrosa, casi parecía un espejismo. Un sueño que en otro momento pudo haberle dado tranquilidad y felicidad en dosis iguales.
Quiso hablar pero no pudo, el brazo le pesaba como si estuviese sosteniendo una bala de caño en vez de un arma.
Se empezó a agitar, el arma cayó al piso y tras ella, su cuerpo aplomado y sin fuerzas. Podía ver sus pies acercándose, cada pisada sobre las baldosas producía un eco difuso.
Se agachó, acercándose tanto a su rostro que podía sentir el aliento tibio cerca de su oído. Justo antes de que termine de perder el conocimiento, de que pierda esa batalla contra la nada misma, le susurró: -Algún día volveremos a estar juntos, los dos merecemos el infierno. Por hoy, yo sigo viva. Tu suerte es otra.-