La enferma entró a su habitación cerca de las 20 hs para darle la cena, por supuesto que era una pequeña ración de comida de aspecto desagradable, sabor insípido y dudoso valor nutricional. Más bien parecía un intento desafortunado de alimento enriquecedor, acotado al decreciente presupuesto del hospital público en el que se encontraba.
La señora, ya entrada en años, llevaba un ambo rosa, decolorado por los años de lavado. Le habló en voz baja y poco amable en un principio y ante su reticencia a abrir los ojos elevó su tono unos pocos desibeles. Siempre había sido bueno para aparentar y al parecer la enfermera no supo distinguir una somnolencia real de la ficticia que él practicaba.
- Coma la cena, los enfermos tienen que comer.
- ¿Quién dice que estoy enfermo?
- ¿Porqué estaría usted en un hospital si no lo estuviera? A veces los pacientes son más tontos de lo que parecen.
Levantó un poco la cama eléctrica con el control que estaba colgado en la pared y le acercó la mesita con ruedas al pecho.
- Coma, el doctor no le dará el alta hasta dentro de una semana, cuando haya terminado todos los estudios para saber exactamente qué droga estaba consumiendo cuando se pasó de dosis. Debería plantearse entrar en alguna granja de rehabilitación si no quiere terminar muerto entre bolsas de basura en vez de inconciente.
La falta de respuesta generó una expresión de indignación en la enfermera, quien sólo acotó unas pocas palabras a esa charla sin sentido: - Mire, no se quién es usted, ni qué ha hecho con su vida, pero Dios se ha puesto de su lado y le dio una segunda oportunidad, no la desperdicie.
Sus ojos miraban la nada mientras procesaba las palabras que, aunque obviamente no le importaban, estaba obligado a escuchar. Dudó que haya sido ese tal Dios quién le dio una segunda oportunidad, pero la tenía y, claramente, no era para enderezar su vida sino para terminar su trabajo. Si ella seguía viva, todavía tenía una oportunidad de matarla y cobrar su parte. Una oportunidad de verla de nuevo y de recriminarle el mal trago de dejarle encasillado en una cama de hospital -lugar que ella sabía muy bien que él odiaba-. Habían pasado dos días desde que despertó y ya no podía derrochar más tiempo en ese asqueroso lugar.
Fingiendo dormir en la última ronda de control de las enfermeras, había aprovechado las madrugadas para realizar algunos escuetos ejercicios que le devolvieran algo de fortaleza a su cuerpo. Esa noche, la tercera, sería la última. Ya no podía esperar, era 14 de Septiembre, le quedaban cuatro días, solo cuatro días para preparar todo.
Definitivamente esa sería su última noche, no, más bien, sería la primera.
El inicio de su última misión.
Definitivamente esa sería su última noche, no, más bien, sería la primera.
El inicio de su última misión.
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