Escasa de ideas, se tildan las palabras. Son notas derrochadas en pensamientos inconclusos, todo en su vida se vuelve inconcluso.
Jamás pudo concretar un ideal, por eso su vida se basa en fragmentos, cuidadosamente seleccionados, de vidrios rotos y filosos que la puedan lastimar.
Se corta el dedo índice y mientras la gota roja de sangre crece y refleja la luz del sol veraniego en su pupila, la lágrima del corazón muere lenta e imperceptible bajo sus largas pestañas.
Con cada gota que rebota en la tierra se transforma un poco más su mirada y al mirar al cielo increíblemente despejado, siente la vida llenando sus pulmones con muerte.
Un segundo, dónde nada importa más que el sol calentando la sangre bajo la piel de la cara. Inspira el aire puro y sólo escucha el grito desesperado y violento de los pájaros, que la gente ingenuamente cree que es un canto.
No hay cables, no hay edificios, ni un camino ya marcado. No hay olor a humo de escape, ni a basura de restaurante. No gritan ya los motores, ni las bocinas.
Mueve rápido los dedos de los pies haciéndose cosquillas con el pasto húmedo y en el momento de acostarse a disfrutar, ¡Paf!
El peor de los sonido, el que reemplazo a los gallos del alba. Arriba, un día más para viajar en el gusano de metal hacia la Capital, dónde no se puede escuchar cómo late el propio corazón.
Igual a veces es peor escucharlo, más cuando poco a poco, con mucha lentitud, empieza a desistir y golpea con fuerza el pecho, sin esperanza de vivir.
Que feo sueño ese y despertar dudando si estabas por morir.
Tranquila, diecinueve años, la mirada fogosa, la decisión inmediata. Te falta para caer.