Era demasiado tiempo, ya me había olvidado lo lindo que eras bajo la luna tapada de nubes.
Tus calles desiertas, los árboles bajos, la brisa húmeda que rodea al humo, la música a todo volumen.
Caminar sin destino por unas horas, tranquilas, intrascendentes, llenas de impurezas, llenas de mi gente.
Tenía miedo de volver a tus noches y no reconocer lo que me rodea, en cambio, llegué y me sentí más en mi lugar que nunca.
Entre el cemento, las casitas pintorescas hartas en rejas, los cables que se cruzan sin cesar sobre las cabezas.
Los perros callejeros, las gitanas de la plaza, los transeúntes introvertidos que sólo miran si quieren sacarte algo, tus olores, tus ruidos, tus baldosas rotas, las veredas cortadas.
Puedo cambiarte con facilidad, pero a vos te conozco mejor que a ninguno otro, por eso me caes tan bien.
No todas las ciudades son iguales y mi ciudad tiene alma de pueblo peligroso.
Todavía no fui a La Lata, ya será, con Cande la vamos a visitar y a tomar hasta embriagarnos como corresponde.
No me di cuenta hasta que te pateé una vez más, pero la verdad es que te extrañé, San Miguel.