He me aquí, harta de hartarme de las cosas.
Una y otra vez aparecen las discusiones, las protestas, los reclamos, las denigraciones, las ironías.
Una vez más me callo la boca, últimamente lo hago más seguido, ya no quiero hablar, no quiero escuchar, no quiero mirar. Pretendo cerrar la puerta y no tener que volver a abrirla, pero no es así, regreso y el aire de este lugar me asfixia con su bronca.
¿Es que acaso no hay una forma amena, sutil, amigable de hacer esto? ¿Es necesario que las cosas que le duelen las exprese en forma de amenaza, de recriminación por falencias en proceso de corrección, hurgando siempre en las heridas que no pararon de sangrar?
Yo quiero ayudar, ella me dice "es lástima".
Quiero trabajar, ella dice "sos inútil".
Después va a correr atrás mío, gritando en sonidos silenciosos que cuando no esté va a morir, que mientras esté será infeliz.
Veinte minutos es todo lo que pasó y ya no quiero desperdiciar ni un segundo más de mi tiempo en este asiento.
Me esperan las calles grises y un nudo en la garganta que se va a desatar con humo alquitranado.