Acariciaba su antebrazo con el filo perpendicular de la hoja de un cutter. Era suave en sus movimientos pero la piel enrrojecida se lastimaba más segundo a segundo. vaivenes lentos, seductores, casi eróticos.. Resultaban hipnóticos. A decir verdad, él estaba hipnotizado con el ir y venir de la brillante y afilada hoja.Pensaba en ese trance sustancial, eese momento de suspenso donde un violento arranque y un mínimo aumento de la presión de su mano podía desatar ríos carmín que le llevarían a la agonía y, finalmente, a una silenciosa muerte.
La única que podía alejarlo de las sombras que lo acechaban.
Pese a las ideas encontradas que se aclaraban en su mente, el filo de la hoja seguía danzando sobre su piel, mostrando ya un rojo vivo y generando en él un dolor sumamente placentero, casi tan placentero como la idea de que la dama blanca, sin rostro ni alma, podría sacarlo definitivamente de todas esas realidades que lo confundían y lo empujaban a la desesperación.
Por primera vez en un año, diez meses y veintidos días sintió que ese momento, ese dolor, esas manchas rojas en la piel e incluso el contar con el control para materalizar todas sus ideas, era real.
Lo único real entre todas sus realidades.
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